
El gran oasis de la isla del Agua o los Bienaventurados, lleno de ibis, protegido por Thot, el dios de la sabiduría, la escritura, la música, y símbolo de la Luna, estaba situado al oeste del Nilo, enfrente de la Ciudad del Horizonte, a menos de medio día de camino, a la salida de un estrecho valle de la cadena líbica. Su vegetación era consecuencia del mayor pozo de agua potable que había en todo Egipto, originando a su alrededor una gran ciudad, con numerosas casa privadas, fortalezas, prisión, edificios oficiales y grandes mansiones de los terratenientes y comerciantes, cabanas, casuchas y numerosas posadas para caravanas o karavanserais, donde paraban, descansaban y descargaban sus mercancías las reatas de animales que atravesaban los desiertos egipcios, desde el norte al sur, siguiendo una pista milenaria paralela al Nilo por la que circulaban, arriba y abajo, todas las riquezas del mundo, llevadas a lomos de camellos, en largas filas que a veces pasaban de cuatro mil cabezas. Todo un mundo variopinto se afanaba alrededor de aquellas filas interminables de animales capaces de resistir el altísimo calor sin beber agua durante muchos días, que puede sobrevivir sin problemas comiendo la maleza espinosa ó cualquier cosa que encuentre - huesos, semillas, hojas secas, o incluso la tienda de su dueno. Los camellos, llamados cariñosamente "barcos del desierto" por su andar ondulante y acompasado, pueden viajar hasta 100 km. en un día. Con ellos, el hombre consiguió vencer las terribles extensiones desérticas.
Domesticados desde hacía miles de años, posiblemente por los comerciantes de incienso, que entrenaron a los camellos para hacer los pesados viajes del sur de Arabia hacia el Oriente Medio, los camellos eran para los habitantes del desierto el primer medio de transporte, sombra, leche, carne, lana y refugio que les ayudaba a sobrevivir en el hostil medio, lleno sólo de arena y peligros sin cuento, el primero de los cuales era la falta de agua. El segundo, el calor. Y el tercero y tal vez no el último ni el menos importante, la desorientación producida por los otros dos. Y los animales salvajes que lo habitaban sería el cuarto.
- También se utiliza el camello como animal de carreras y se aprovechan su carne, leche y lana, tira del arado y mueve molinos de agua - explicaba Yarsu a su invitada, que admiraba las majestuosas figuras de aquellos orgullosos animales que alzaban la cabeza con la dignidad de un faraón. A pesar de un calor que superaba ampliamente la temperatura del cuerpo humano, el pueblo del oasis de los Bienaventurados bullía de gentes que se afanaban en los diferentes menesteres. Los vendedores estaban ocupados en atar una de las patas de los camellos a una cuerda fijada en el suelo, no fuesen a escaparse. Los potenciales clientes admiraban la estatura y el porte de los animales, dos criterios esenciales para elegir un camello de buena raza. El vendedor, Haghin, un hombre aún joven, delgado, alto y renegridos su cara y su cuerpo por el sol del desierto, golpeaba con una vara alguna de sus 300 cabezas de ganado y saludó a Yarsu y a sus acompañantes, haciéndole al hombre una seña de que todo marchaba perfectamente en sus negocios comunes. La agitación de los animales levantaba una pesada nube de polvo que se veía desde lejos, antes de llegar al pueblo.
- ¡Tengo que llamar la atención de los compradores sobre la robustez de mi manada, para que no se vayan a la competencia!- explicaba a gritos un grueso camellero a su lado, tratando de que se oyese su voz sobre el ruido ambiente de los animales, a quien le miraba asombrado de su actividad, mientras los compradores, por su parte, examinaban las dos jorobas de los camélidos, porque si están bien formadas, entonces el animal está sano. Y aquellas gentes eran capaces, de un simple vistazo, de determinar la edad y la región de origen del animal.
- Los dientes del camello determinan su edad. A un camello de cinco o seis años, a menudo le faltan los incisivos. Mientras que los que tienen entre 10 y 12 años ya tienen sus caninos- decía un viejo enjuto de mirada incisiva, a un joven que le acompañaba, quizás por primera vez en aquellos gajes - Pero el buen camello es el que no ha superado los cuatro años, es decir, el que tiene aún sus dientes de leche - decía sabiamente Hamed, vendedor de camellos, como Haghin, desde hacía más de 30 años.
- Estos animales, en realidad, se clasifican en cinco categorías según su edad: howar significa que es un bebé de una semana, mientras que el hachi tiene un año y el qauoud, tres. En cuanto al de 4 años, el más apreciado, es llamado gamal (camello) mientras que el viejo camello es el que superó esta edad - explicaba Mahmoud, otro de los compradores, de unos 35 años y en el oficio desde hacía 10, mientras recorría el mercado en busca de una buena manada. - La calidad del animal depende no sólo de la región de donde procede (donkolawai, una especie de Donkola; zobaydi, de la región de Zobayda), sino también de la reputación de la tribu sudanesa que lo crió. Algunas tribus, como Al-Rozayat, Al-Aydiya, Al-Zaghawa y Al-Akira están muy bien consideradas en lo que se refiere a la cría de camellos -afirmaba Mahmoud-. En cuanto a los precios, dependen de la oferta y la demanda. Son muy variables. El invierno es la temporada ideal para este comercio. La temperatura moderada favorece la llegada a los mercados de un gran número de camellos. La cantidad es más reducida durante el verano. Los negociantes sudaneses dudan en recorrer el camino sobre una arena hirviente- explicaba Hagig Hassan Amthmar, uno de los grandes comerciantes de Egipto.
Las caravanas procedentes de distintas regiones de Sudán no sólo traían camellos, sino también a menudo se complementaban con cuerdas de presos y esclavos sudaneses, a veces más numerosas que las de camellos mismos, y se reunían cerca de la frontera egipcia para después seguir hacia Abú Simbel, y luego al Oasis de la isla del Agua, frente a la Ciudad del Horizonte. Para los caravaneros, el desierto no tenía secretos, sobre todo en lo que se refiere a los puntos en los que hay agua y pastos. El número de los habitantes de aquel oasis era casi mayor que los de Tebas y Akhetatón juntas. Y muchos de ellos procedían de la península Arábiga y Sudán, como los Ghadhafrias, los Charifehs, los Ababadas y los Anasischaris, que trabajaban en el comercio de camellos. En cuanto a las familias de origen nubio (Khienouzas y Vahidiq), la mayoría de sus integrantes eran funcionarios del faraón.
- Y mis mejores socios- decía Yarsu a la reina, que no conocía el oasis y estaba extasiada por el nuevo y multicolor espectáculo, que contemplaba desde lo alto de su caballo. Una cuerda de prisioneros, atadas las manos detrás del cuerpo, se apiñaban en el suelo, extenuados, las otrora orgullosas cabezas bajas, lamiendo el suelo.
Nefertiti había accedido a acompañar al hombre, aceptando su invitación formal, acompañada sólo de Kakuy, tal vez la única persona en la que verdaderamente podía confiar en aquellos momentos y su hermano, que nunca las abandonaba. Y ambos les seguían discretamente a caballo, junto con algunos guardias de la escolta personal del comerciante, fuertemente armados, que garantizaban su seguridad frente a los ladrones del desierto. Era media tarde, la hora de la pausa vespertina. A las mesas de los improvisados campamentos, ante las tiendas, se sentaban los hombres vestidos con sus brillantes túnicas de colores, que se distinguían en grupos de edad y por tribus por la forma y los tonos de sus turbantes, los largos paños que enrollaban a su cabeza y con cuyo extremo se protegían la cara de la arena del desierto, que a veces llevaba piedras y causaba heridas y ceguera.
Vendedores de cuerdas, indispensables para controlar el movimiento de los camellos, porteadores y transportistas, criados y palafreneros se apresuraban a hacer subir a los animales hacia el agua y los agricultores voceaban sus productos de huerta en los puestecillos, mientras algunas mujeres compraban viandas para la cena, de las tahonas salía el olor del pan caliente recién sacado del horno y humeaban las hogueras, las almazaras, los hornos de cerámica, los útiles del campo relucían a la luz del atardecer y se veían clientes en la puerta de la barbería, y las forjas humeantes y se oían los golpes de los herreros, y allí las tinajas de agua fresca en los callejones, allá los tejedores de alfombras y las artesanas del dátil y las cestas de palma y juncos y los vendedores de especias y frutas frescas. Y todos, hombres, mujeres y niños, se afanaban ya para llegar a sus casas para el descanso diario o a las negras tiendas portátiles los forasteros, apresurándose los vendedores a cerrar los tratos y los compradores a seguir bajando los precios en largas conversaciones que amenazaban a veces en prolongarse más allá de la caída del sol y que terminaban celebrando el negocio con una jarra de cerveza o un buen vino en las pobladas tabernas que rodeaban la plaza del mercado central, cerrando un trato para el que no se necesitaban escritos ni documentos: Bastaban las manos, que se apretaba en señal de aquiescencia ante dos testigos. La antigua tradición del mercado exigía el máximo respeto de los derechos de otros. Nadie podía poner en duda la venta, una vez que se había llegado a un principio de acuerdo.
- Una venta es como una novia, se reserva a una sola persona. Si otro se atreve a pedir su mano, está mal visto y muy criticado por su gente. Y no se la puede devolver, una vez comprometida, bajo ningún pretexto- decía, filosófico, el más anciano de los camelleros presentes, mientras los demás asentían en silencio, corroborando sus sabias palabras. Y en caso de incumplimiento del contrato verbal, la tradición marcaba que se reuniese el maglis orfi, un consejo oficial formado por ancianos que mediaba en los desacuerdos según leyes y costumbres ancestrales inspirados por la tradición y la ética de esta sociedad tribal, muy diferentes de las leyes aplicadas por el Estado central y el faraón.