Mercado de Akhmin

 

A veces les permitían a las niñas pasear por la ciudad, camino del templo donde tenía lugar su instrucción, pasando al lado de las innumerables tiendas del gran mercado de la ciudad, que habían hecho famosa la ciudad de Min, además de su célebre santuario del dios de la fertilidad, al que venían a pedir descendencia hombres y mujeres de todo Egipto e incluso de fuera de él, formándose grandes aglomeraciones de fieles, sobre todo en las grandes solemnidades.

En aquel mercado eran famosas las telas, usadas, además de para placer de los vivos, para envolver a los muertos, vendidas las vendas empaquetadas en grandes fardos, que se distribuían por el río, en grandes cargamentos, a las numerosas Casa de la Vida de todo el país. Pasaban atisbando, curiosas, metiendo la nariz, en los innumerables bazares de las grandes calles, atestadas de compradores, vendedores, mujeres del pueblo y esclavas y siervos o siervas de todas las razas, hablando las lenguas más extrañas entre ellas. Sus aromas variados se expandían y perdían por las retorcidas callejuelas que escondían misteriosas puertas de entrada a ricas mansiones de comerciantes de todos los países inimaginables.

En las pequeñas tiendas se podían encontrar por zonas específicas y por materias, las costosas especies, aromas y ungüentos, procedentes de todo el mundo conocido. Alimentos frescos y secos, semillas, ricas joyas trabajadas por los expertos orfebres y pequenos objetos realizados por humildes artesanos. Calzados, cacharros de cobre de todas clases y para todos los usos, domésticos y mercantiles, guarnicionerías, alfombras, cestos y cerámicas.

Más allá, la calle de la guerra, donde se vendían armas, arcos y flechas, alabardas, espadas y puñales, elementos para la lucha, o rituales como el que le había regalado un día su padre y llevaba siempre consigo, con dos serpientes en cada uno de los lados de la hoja triple, forjado en Damasco, de un extraño metal durísimo y frágil a la vez, llamado hierro, que se finalizaba al sacarlo del fuego templándolo, según le dijeron, metiendo el arma en la sangre de la herida del cuerpo de un esclavo nubio, cuya temperatura daba a las preciadas piezas su especial resistencia. Era, pues, un metal especial, porque cada pieza guardaba el secreto del alma de un hombre.

Recordaba ahora a su padre, cuando, mirándola a los ojos fijamente, con aquella mirada inteligente y despierta que le hacía evocar la de una reina cobra, le dijo: -Tenlo siempre a mano, Naomí.- Y colgó el tahalí con el puñal mágico de su pequeña cintura. -Es el 9. Las seis serpientes de las hojas y las tres del puño representan la totalidad. El número de la Diosa Negra. De la Diosa Abeja. Meter Steunene. Un puñal mágico que algún día puede salvarte la vida-

Y besándola en los ojos, colocó la mano sobre su cabeza, mientras decía: -Era de tu madre, hija mía. Y al morir lo quitó para tí de su cintura, donde lo llevaba siempre. Ella quería que fuese para ti. Y un día lo entenderás-

Tal vez entonces no había comprendido el significado profundo de aquella joya, cuyo roce en su cintura se convirtió, con el tiempo, en una costumbre y una parte de su propia piel.

Era su amuleto más preciado. Pero, además, recordó la mujer, derivando sus pensamientos hacia el gran mercado de Akhmin, los puestos eran un extraordinario muestrario de toda clase de objetos, cuyo uso, a menudo, desconocía: Clavos, maderas de todas clases y tamaños, juncos para cestería, además de alimentos de lo más variado, como pescados, caza, volatilería, productos frescos de las huertas, frutas, verduras, pepinos, ajos y las lechugas de Min incluidas, y cebollas sobre todo, base de la alimentación egipcia, los diversos cereales y sus harinas, y numerosas panaderías que vendían más de cuarenta clases de panes, tan del gusto, en su variedad, de los refinados paladares egipcios. Tanto de trigo como de cebada y escanda, esta última muy popular para hacer pan.

Entre las legumbres se veían diversas clases de lentejas y garbanzos, mientras que las frutas de temporada se juntaban a las diversas clases de dátiles, higos, uvas, sandías y granadas. Tapices y alfombras beduinas, tejidas a mano en el desierto, que podrían comprarse a buen precio. Todo ello se encontraba en las calles especializadas, cada una de ellas con una clase de productos, a los que se llegaba a menudo siguiendo su olor, sobre todo los de cuero, con su peculiar hedor, a veces insufrible, de las piletas de curtido.

Y al lado de los comestibles se pasaba a un callejón en el que se encontraban objetos de madera, luego el cobre o el latón, más allá el alabastro, el costoso y vivo jade, tan preciado porque guardaba el alma de quienes lo poseían o el marfil indio tallado que venía a Egipto por los caminos de Elam y Babilonia. Y más allá el vidrio soplado, trabajado en profundas y oscuras tiendas escondidas al fondo de estrechos callejones que guardaban el secreto de hornos especiales donde el vidrio se volvía líquido y el líquido se tornaba duros vidrios de colores que no se mezclaban entre sí.

Y luego, más allá de los vidrios, se encontraban los finos trabajos de madera taraceada con incrustaciones de nácar o marfil; las cerámicas finas como cáscara de huevo y resistentes como el mismo metal, especias, cestería, miel y cera y papiros y estiletes y tintas rojas y negras y verde como las plantas de las marismas, esencias y ungüentos e inciensos de la profunda Arabia, teñida de misterio como los ojos profundos y soñadores de sus mujeres.

Allí, hacia la izquierda, las telas de colores que disputaban al arco iris sus tonalidades secretas, conseguidas con mezclas exóticas que se pagaban con la muerte de esclavos que hundían sus manos deshechas en mezclas de salitre y lágrimas, túnicas leves como suspiros de novia y velos de algodón o seda y trajes bordados de plata y ricos velos de Damasco, bordados de lentejuelas de colores formando largas filas de pavos reales.

Y en la cercana plazoleta, escondida de las miradas curiosas, se vendían los bellos esclavos árabes, de finos miembros y negros ojos soñadores, traídos por los nómadas del desierto en cuidados palanquines, tal era su elevado precio, adornados sus cuerpos desnudos de bellas joyas de oro finamente trabajado. Eran famosas sobre todo las joyas beduinas de plata, ámbar, coral, azabache y turquesas, que rivalizaban con las primorosas gargantillas y pectorales de lapislázuli y cornalina, embuchadas las piedras finas en apretadas celdillas de oro, realizadas también por los inestimables orfebres egipcios con la ayuda de cristales especiales que aumentaban su tamaño, imperceptibles obras de manos divinas, apenas visibles sus soldaduras frías, a simple vista, al más experto ojo humano.

Allí, los artesanos enmarcaban en oricalco repujado y esmaltes tornasolados las figuras de los dioses inmortales y sus atributos y realizaban en diversas materias mágicas los más variados amuletos que protegían de los malos espíritus a vivos y muertos, daban prosperidad a los comerciantes y fertilidad a toda clase de hembras, humanas y animales y algunos propiciaban la erección a los varones perezosos. Amuletos que rivalizaban en una calle más allá con las hierbas, comidas y bebidas afrodisíacas, ofrecidas en los diversos puestecillos y comercios, en los que, además, se ofrecían especiales hierbas curativas, remedio para todos los males del alma y el cuerpo. Las medicinas, voceadas por sus bondades por los vendedores que se disputaban a la numerosa clientela, rivalizaban con untuosas pomadas envasadas en costosos recipientes de vidrio decorados de colores o piedras talladas repujadas de plata fina trabajada a cincel y servían para embellecer a las ya bellas y hacer hermosas a las más feas.

Cremas, afeites, polvos de belleza procedentes de la lejana Elam y las estepas de la China o los bosques indios, narcóticos y drogas incluidas, productos derivados de la manipulación de ciertas plantas, poseedoras de altos poderes sedantes y alucinógenos: como las ninfeas, cannabis sativa, mandrágora, solanáceas, amapolas gigantes y la castalegia incluso, el humilde y asesino ricino, la ruda, el enebro, el pino o la olorosa verbena. Y también otras muchas especies vegetales desconocidas para el gran público, que sólo conocían y buscaban los especialistas en perfumes o venenos y hacían las delicias de los médicos o las comadronas o los charlatanes que las vendían a precios de oro como afrodisíacos exóticos, procedentes de las tierras de las maravillas sexuales, a viejas viudas solitarias o amantes abandonadas que deseaban sin duda reavivar sus ardores juveniles para atender con prestezas las habilidades de sus jóvenes esclavos, ayudándose de las hierbas y pócimas.

Algunas de ellas, hábilmente combinadas con otras, específicamente destinadas a contrarrestar sus desagradables efectos tóxicos, fueron pródigamente utilizadas en la confección de collares, guirnaldas y diademas, y ofrecidas también como alimentos a los muertos para el Más Allá, e incluso, utilizadas para fabricar ungüentos mágicos o terapéuticos, pomadas, filtros amorosos para amantes desesperados o cosméticos que embellecían a vivos y muertos. Y también toda clase de venenos, que mataban sin dejar el menor rastro, algo que Kakuy dominaba con mano experta, así como sus antídotos más preciados y eficaces, habilidad y conocimientos en los que su hermano Kaku tampoco tenía rival, como decía la mujer, mirándole acariciar a la inofensiva cobra que dormía en su regazo.

Todo en aquel abigarrado laberinto de callejas y callejones, a menudo sin salida, constituía una variada y barroca exposición de las más diversos productos, materiales y artificiales, que rivalizaban en belleza con las flores frescas, el comercio de los papiros y materiales para escribir, las tablillas de cera y cuero, el natrón o la sal, la cornalina, turquesas o la obsidiana y el lapislázuli.
O las escondidas plazoletas en las que sólo se realizaban las ventas de esclavos nubios, de brillantes y pulidas pieles desnudas que relucían bajo el sol, provocando la lascivia de la mujeres, que los observaban tensar sus músculos y tocar sus dotadas entrepiernas, esperanzadas con poder comprar alguno que calentase sus camas solitarias, mientras sus maridos miraban de reojo a las provocativas jovencitas casi unas niñas, adiestradas en las artes del amor desde que tenían uso de razón, preciados tesoros de lujuria que los ricos comerciantes y los sacerdotes y magistrados nobles compraban para su propio ocio y también de forma exclusiva, para entretener a sus importantes amigos y amigas en las fiestas nocturnas de la nobleza, que gustaba de diversiones especiales. Y también se vendían animales, vivos y muertos, de corral o granja o el ganado vacuno, lanar, caprino o porcino.

Y había en aquel mercado hasta animales salvajes: Leones y lobos, zorros y serpientes, águilas y halcones sobre todo, sin que faltasen exóticos ejemplares de aves y cuadrúpedos desconocidos, venidos del Punt, Persia o la India, que valían su peso en oro.
Toda aquella oferta de mercancías atraía la curiosidad de los numerosos peregrinos que se dirigían tanto al santuario de Min como al cercano santuario de Osiris en Abidos, peregrinos que no dudaban en pararse en la rica ciudad para adquirir productos en sus variadas y surtidas tiendas, reuniendo piedad, religión y negocios para que el viaje les resultase provechoso, tanto para su estancia en el más allá como para sus negocios o su placer terrenal.

El Valle del Nilo era muy fecundo, ya que en sus campos se depositaba anualmente un fértil limo, que provenía del sur con las aguas del río, con una composición en materias nutritivas muy rica y variada, lo que hacía los terrenos así fertilizados aptos para sembrar cereales, legumbres y verduras. Se conseguía con ellos una ubérrima tierra negra, cuyo color dio nombre al país (Kemet). Se practicaba en el valle la agricultura de regadío, aunque las lluvias fueran escasas, pero la inundación anual del Nilo, que cubría el valle de Julio a Octubre, le daba al terreno las condiciones favorables para producir las cosechas más variadas.

La inundación conllevaba otras importantes consecuencias de orden económico y ayudaba a los campesinos a unirse y colaborar para la necesaria construcción de diques y canales para extender al máximo de territorio los efectos beneficiosos de la crecida del Nilo, pues un paso más allá de la humedad fertilizante y vivificadora producida por las aguas milagrosas, la muerte y la arena, las serpientes, los escorpiones y toda clase de alimañas y bestias feroces eran los reyes y reinas del territorio, dominado por el dios Seth o Sutek, el viento rojo del desierto, el viento de la muerte y la destrucción.

Existían también en el mercado tiendas especializadas en la venta del aceite, obtenido de las plantas oleaginosas, como sésamo y lino y los productos de las plantas textiles, entre los que destacaban el citado lino, papiro y palmeras. Aparte estaba la zona de la ganadería, de la que se celebraban famosas ferias anuales con exhibiciones de monta y doma de caballos y camellos y concursos de diversas clases, como del tamaño o pureza de sus respectivas razas.

Se vendían allí también las crías de todas las especies domésticas inimaginables, como vacas, bueyes, cabras, cerdos, asnos, ovejas y aves, un ganado que era presentado anualmente ante el escriba encargado de censarlo. Él anotaba el número, para fijar los impuestos que tenía que pagar el propietario, de cuyas ventas se pagaban parte a las arcas reales y como diezmos a los templos de la región, cuyos dioses protegían a los animales y sus verdes pastos, que los hacían crecer y multiplicarse. La caza y la pesca también eran importantes a lo largo del Valle del Nilo.

El río ofrecía a los habitantes del Antiguo Egipto gran variedad de alimentos, entre los que se encontraban numerosas clases de peces, capturados con todo tipo de cestas, nasas, canas y redes de mano y de barco, así cómo con arpón, labor que se realizaba habitualmente desde pequeñas balsas de papiro, lo que se consideraba a menudo entre las altas clases sociales como una grata diversión.

También existían tiendas y almacenes de productos de las montañas, que aprovisionaban a los egipcios de los diferentes tipos de piedras y rocas, como el granito rosa de Assuán, el alabastro de Hat Nub, o el basalto de Abuzabal, entre otros muchos. Y se exhibían y vendían asimismo las piedras semipreciosas y minerales de gran valor, como las turquesas, feldespatos y granates del Sinaí; ágatas, ónices y amatistas del desierto oriental; coral del Mar Rojo; cuarzo y oro de Nubia.

Esta cantidad de riquezas, unida a una población activa muy organizada, hicieron que el comercio y la economía de aquella parte del país, prosperaran rápidamente. Y fue determinante el hecho de que el poder estuviera tan centralizado en una sola persona, el faraón, una persona encargada de coordinar todas las fuentes de riqueza y los movimientos comerciales del país y sus organizadores, ministros y consejeros. Esta organización hizo posible la construcción de los grandes monumentos egipcios, su riqueza, su poder y su fama ante todas las naciones vecinas.

Los egipcios exportaban a las naciones circundantes y a las más lejanas por medio de ellas, sus excedentes: lino, papiro y pescado seco, a cambio de artículos de lujo, como incienso, plata y madera fina de cedro, caballos de Asia o marfil, oro e incienso de Nubia y los barcos extranjeros que anclaban en sus muelles, traían a Egipto, por los principales puertos, algunos productos y materias primas de las que no disponían en el país. Así, sedas o púrpura y la obsidiana, el lapislázuli o la madera del apreciado cedro, que traían los barcos de Biblos, lo que había dado lugar a una gran red comercial con la costa cananea. De Creta, la gran isla de en medio del Gran Verde. Y del continente heleno, más al norte, procedían, sobre todo, las bellas cerámicas, los elegantes vasos y, también, los innumerables artistas y artesanos, cuya sensibilidad corría pareja con la habilidad de sus manos, expertos tanto en trabajar la pintura como en la talla modelado de figuras, y sus tiendas, llenas siempre de objetos exóticos, eran un gran misterio para las pequeñas.

Las niñas y sus servidores detenían su marcha en cuanto podían para pararse, ensimismadas, ante las puertas abiertas de las tiendecillas que dejaban entrever unos mundos lejanos y desconocidos que olían de forma diferente al suyo propio, que hablaban diferentes lenguas y excitaban su poderosa imaginación, que las esclavas se encargaban de nutrir con las más variadas historias, hasta que las nodrizas reales las amonestaban por sus cuentos fantásticos, que las niñas escuchaban, soñadoras, con los sorprendidos y bellos ojos muy abiertos.

Así, lejos de los afanes del comercio interior, que se basaba en el trueque o cambio de bienes, objetos o títulos, el comercio exterior se nutría a base de oro, que corría a raudales de mano en mano, de sur a norte del país. Y las niñas, educadas para ser futuras reinas, recibían en las calles una enseñanza visual de toda clase de estímulos sobre el comercio de su país y el mundo que lo rodeaba, informaciones que serían vitales para su vida en la Corte, que los sacerdotes del templo de Min se encargaban de canalizar y complementar con otros estudios y conocimientos superiores, teniendo en cuenta que estaban destinadas a los más altos destinos: Nutrir la corte del faraón de bellas jovencitas y, desde luego, su cama, era la más importante transacción económica de su familia, que nada tenía que ver con aquellas transacciones en las que el trabajador recibía un aporte material para su sustento a cambio de su esforzado trabajo.

Las personas de clases más humildes, como los artesanos y los campesinos o los pescadores del río, intercambiaban entre sí sólo productos de primera necesidad. Y aunque se realizaban actividades de este tipo por todo el país, no se podía hablar de grandes mercados, sino de simples intercambios privados que a veces terminaban generando más amplias redes comerciales, que se entrecruzaban y complementaban con las redes de comercio internacionales.

La principal vía comercial y de transporte de Egipto era el Nilo, amplio y caudaloso río navegable, que atravesaba el país de norte a sur, y en él y a partir de él, se iban construyendo redes de canales, tanto para facilitar el regadío del suelo fértil, como para mejorar las vías de transporte. Las expediciones comerciales eran de responsabilidad directa del faraón.

 

 

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