Los Nueve Árcos

La situación internacional en Egipto era complicada, no sólo ahora que el faraón Akhenatón había muerto sino también antes, desde las conquistas sirias del glorioso faraón Thutmosis III, que había gobernado hacía ya unos cien años, casi al comienzo de la gloriosa Dinastía XVII a la que Akhenatón mismo había pertenecido.

La reina Nefertiti conocía bien dicha situación y la zona. Había acompañado a su esposo el faraón, a menudo, en las audiencias con los embajadores extranjeros. Había leído las cartas de los reyes casitas de Karduniash (la antigua Babilonia) y oído los ruegos y lamentos de los aliados sirios, que se quejaban unos de otros y todos de los grandes contendientes que se disputaban las tierras del largo corredor que unía la alta meseta de Arzawa con el Mar Rojo, la frontera natural de Egipto por el este.

La amplia y rica franja alargada de tierra se componía de dos unidades físicas bien diferenciadas: La costa (Canaán) y el interior (Siria). En la primera, la zona costera aproximadamente, luchaban por la hegemonía numerosas y pequeñas Ciudades-estado como Ugarit al norte, Amurru, Sidón, Biblos, Arvad y Tiro al sur, más el reino de Jerusalén y otros numerosos reinos menores, regidos cada uno por dinastías locales, a veces emparentadas entre sí. Se disputaban no sólo la hegemonía política sino también un floreciente comercio de miles de ricos y costosos productos que fluían por las numerosas y transitadas rutas naturales. Unas rutas que se cruzaban en puntos estratégicos, donde habían florecido desde antiguo ricas ciudades, sobre todo en los oasis del desierto sirio como Damasco, Palmira o Karkemish, ya en el río Eúfrates, lindando con Mesopotamia, la zona de hegemonía babilónica.

La protección natural de la ruta principal, dominada ahora por Egipto, eran el mar y dos altas cadenas montañosas, paralelas, de sur a norte, con las cumbres cubiertas de nieve, visibles desde el Gran Verde, que le daban el nombre: el Pais Blanco, Lbn o Labán.

Entre ambas cadenas montañosas, existía un próspero valle regentado por el País de Tunip, en el que nacía el río Orontes, que desembocaba al norte cerca de Alalakh, otro de los grandes reinos, ya sirio, que se extendía hacia el este y el río Eúfrates, donde comenzaba Babilonia-Karduniash, lindando con reinos como los de Karkemish y Mari en el norte del mismo río. Y por él con la zona del reino de Mitanni.

Por aquel río Orontes, uno de los pocos de la zona, quizás el único a destacar, los comerciantes del sur habían enlazado el comercio del Mar Rojo y las grandes caravanas del desierto Arábigo con el norte, y subían hacia más el norte, Hatti y el continente europeo, protegidos por las montañas a ambos lados de la ruta. Evitaban así la concurrida y vigilada costa de Canaán a la izquierda, o los peligros de la ruta sur-norte/norte-sur de la derecha, a lo largo del desierto sirio, que se extendía por el interior, la segunda de las zonas naturales de la región, dominada sobre todo por el poderoso reino de Damasco y los innumerables reinos cananeos, siempre en pugna entre ellos y basculando entre los poderosos hititas, egipcios o babilonios que dominaban sobre todo el comercio y las riquezas e imponían su propia ley a los pequeños, más débiles.

Esta ruta, sur -norte paralela a las montañas Blancas, estaba controlada por el rico reino de Damasco citado, cuya antigüedad se perdía en la noche de los tiempos. Situado en un fértil oasis, regado por siete ríos, sus ricos y poderosos reyes y sus hábiles comerciantes se defendían con denuedo de los nómadas, los bandidos hapiru y las incursiones de los cuatro grandes Estados periféricos, ansiosos de controlarlo y controlar su rico comercio, fruto de su estratégica situación: Hatti, Egipto, Mitanni y Babilonia-Karduniash.

Y miraban con prevención el norte mesopotámico, desde donde comenzaba a extenderse como una mancha de aceite el poderoso reino amorita de los asirios, cuyo centro estaba ubicado en Assur, en el curso superior del río Tigris, un poderoso reino de grandes e inteligentes guerreros, intelectuales e ingenieros militares, cuyas poderosas máquinas guerreras desafiaban las altas murallas de las ciudades enemigas, que caían ante ellos como si fuesen sólo un panel de débiles papiros y les darían la hegemonía en la zona en cuanto se lo propusiesen.

Todos buscaban pues, tanto el dominio de Damasco como de aquella zona estratégica, Canaán, encrucijada de caminos que unían el desierto, el mar, los grandes ríos mesopotámicos, el golfo Pérsico y el Gran Desierto y el tráfico del Mar Rojo. La zona de Canaán era el país de los comerciantes de púrpura, cobre, estaño, cedro y vidrio sobre todo. Y de los grandes artesanos joyeros, y de las salazones.
Pero, sobre todo, de los grandes navegantes: marineros y timoneles, capitalizados sus esfuerzos y amplios conocimientos náuticos por numerosas empresas comerciales, a las que no eran ajenos los sacerdotes y los templos de sus dioses. Destacaba, sobre todo el Mercader divino, llamado Harokel, "el mercader", para los griegos Melkart.
Entre las divinidades femeninas destacaba la poderosa diosa de la fecundidad, Astarté, la Anat sumero-acadia, cuyo culto se confundía a veces con el de las divinidades anatólicas como Kybele o Latona y su hija, la sangrienta Artemis. Era ésta la reina-diosa mítica de un pueblo de mujeres sin hombres vivos, adorada en forma de piedra negra y diosa-abeja, llamada también Meter Steunene, una divinidad terrible a la que se ofrecían a menudo sacrificios humanos, decían los comerciantes, atemorizados por las leyendas que se contaban en las posadas de caravanas y las desapariciones de muchachos y muchachas que se decía se ofrecían a la sangrienta diosa de la vida y de la muerte. Una diosa que tenía un joven y bello amante, muerto en extrañas circunstancias, al que ella mantuvo dormido e inmortal, resucitándole cada año una sola vez, en primavera.
Esta zona costera estaba protegida naturalmente por el mar Mediterráneo, al que los egipcios llamaban "El Gran Verde", por el que las naves egipcias no solían aventurarse salvo en puntuales expediciones de comercio, las más de las veces organizadas por armadores cananeos y cautos, los avispados egipcios preferían abrir sus mercados locales a los comerciantes extranjeros para que se asentasen en su país, en los florecientes puertos del delta del Nilo (Avaris), del Bajo Egipto(Menfis, Heliópolis) o río arriba, hacia su nacimiento, en Akhmin, Abidos o Tebas. Y ahora en Akhetatón.

Egipto prefería, sin duda, la tierra al mar. Las rutas terrestres. Y mantenía una serie de guarniciones en la ruta de la costa, doce fortalezas y puntos estratégicos que la unían militarmente con Canaán: El llamado "Camino de Horus", comenzando por el castillo de Taro, en la zona oriental del delta del Nilo, con tropas acuarteladas, prestas a intervenir al menor problema que pudiese interferir su aprovisionamiento o sus negocios.
Ese era el punto desde el que los ejércitos salían para asegurar las fronteras del país del Nilo y las rutas comerciales del este de Egipto a Siria y Canaán-Babilonia y Anatolia, así como la desviación de la ruta hacia el Sinaí, en cuya zona se explotaban ricas y numerosas minas de cobre y turquesas. Su templo principal estaba protegido por la diosa Hathor, llamada por ello "La Dama de las Turquesas " y también toda la zona por numerosas guarniciones militares.

Le era fácil a Nefertiti conocer todos los detalles de aquellos países porque Akhenatón y ella paseaban por la zona a menudo, no físicamente, sino andando por encima de los grandes mapas, en realidad grandes maquetas de madera y pasta de papiro, hechas a escala, que ocupaban el suelo de una serie de amplios salones anejos a la biblioteca del gran palacio real de la Ciudad del Horizonte.
Sobre ellas, los escribas se afanaban en representar y escribir nombres geográficos y situaciones políticas ayudados de un selecto grupo de sirvientes que movían con extremo cuidado y largas varas doradas los banderines de colores que identificaban las fortificaciones, las ciudades, los oasis, los pozos, las guarniciones e incluso las postas, subidos en plataformas movibles que pasaban sobre las maquetas para no pisarlas, algo reservado sólo a los reyes y sus generales.
Colores rojos, verdes, amarillos, azules, identificaban guerra, paz, amigos o enemigos, tropas, vías terrestres o marítimas, fortalezas, postas, caravanas en marcha o posadas, amén de otros mínimos pero importantes detalles estratégicos, como pozos, silos secretos disimulados en la arena que podían salvar del hambre y la sed a un gran ejército si era necesario y el enemigos les cortaba a los soldados los líneas de aprovisionamiento o intendencia.
Así era fácil comprender de un golpe de vista, desde la galería elevada, movible sobre ruedas, inventada por el ingenioso Tutmés y sus ayudantes, la situación específica de cada zona y sus asentamientos, minas, oasis, guarniciones militares y los puntos estratégicos, con sus oasis, pozos de agua, ríos y manantiales, esenciales para mover un gran número de hombres a la zona en un momento determinado y mantener así el dominio egipcio sobre ella. También las vías de comunicación, las ciudades y sus defensas, los puertos, flotas y ejércitos conocidos por los informes de los espías estaban representados en aquellas grandes maquetas, en las que grupos de pequeños edificios hechos a escala, reproducían en cierto modo los diferentes reinos vecinos con los que Egipto tenía alguna relación de amistad o conflicto. Todos ellos recibían el poético nombre de "Los Nueve Arcos".
Los reyes paseaban a veces por las lejanas tierras, pasando de la orgullosa Tiro a la bella Sidón de un pequeño salto o giraban a la izquierda para visitar, cruzando el mar, la broncínea isla de Alasiya, con sus bellas y doradas playas en las que había nacido Astarté, según la leyenda acadia.
Allí, los sirvientes les hacían llegar perfumes en sofisticados envases de vidrio de sus bien surtidas fábricas de aromas, mientras de los talleres de bronce recibían un puñal de aparato nielado el faraón o una bella fíbula en forma de flor o mariposa la reina, productos que los embajadores habían hecho llegar a la corte egipcia en las últimas expediciones, rogando la protección o la mediación de los embajadores egipcios en algún conflicto con sus aliados de tierra firme.
De la mano del faraón, pues, Nefertiti había recorrido Canaán y Siria y sus diversos reinos llegando por el río Orontes, que nacía cerca de la ciudad del Sol, en el valle que separaba las blancas cadenas montañosas del país Blanco, a la rica Ugarit. La ciudad, ubicada en la Colina del Hinojo, frente al mar, era tal vez la cuna de unos de los mayores secretos que sus espías buscaban con ahínco sin hallar una explicación satisfactoria hasta el momento: El misterio de la fabricación de una costosa tintura llamada púrpura, violácea y rojiza que teñía sus finas telas y tanto complacía a Nefertiti, porque añadía fulgores desconocidos a su blanco cuerpo y hacía juego con el color de sus cabellos. Y un nuevo sistema de escritura, a base de sólo veintinueve signos, traído por los marinos del lejano Occidente, que amenazaba por suplantar, con su simplicidad, los complicados sistemas de escritura a base de jeroglíficos y pequeñas cuñas o las difíciles escrituras minoicas y micénicas del Mediterráneo.
En el curso medio del río Orontes, en Siria, la maqueta de la bien fortificada fortaleza de Qadesh, rodeada por una curva del río, ahora en poder de los hititas, otrora egipcia, hacía al faraón fruncir el ceño, disgustado por aquella situación, mientras los generales que a veces les acompañaban o los escribas mismos que hacían las anotaciones procuraban distraerle, asegurándole que las próximas campañas que se preparaban, que el faraón nunca llegó a emprender salvo alguna escaramuza aislada, harían caer nuevamente en poder egipcia la estratégica ciudad, llave de Siria y sus rutas comerciales.

Su dominio, explicaba el rey a Nefertiti, abría las puertas a la conquista de Arzawa y la altiva Hattusas, gobernada ahora por el voraz y beligerante rey Subiluliuma, que amenazaba con dominar con sus ejércitos toda la zona, sometiendo a sus reyezuelos más reticentes y a los mejores amigos de Egipto, que buscaban desesperadamente la ayuda de Akhenatón, que no terminaba de enviar el oro nubio para pagar mercenarios y que también lo negaba a sus aliados babilonios.

En realidad, Akhenatón se preocupaba más de las cuestiones religiosas, pensaba Nefertiti, que admiraba la decisión y el coraje del apuesto general egipcio Horemheb para defender sus fronteras.

Otras veces, los reyes dirigían sus pasos hacia la zona de la maqueta del reino hitita, que ocupaba una habitación aparte por su tamaño e importancia. En ella se mostraban al detalle las diferentes regiones del Imperio hitita y las rutas estratégicas al norte de la citada fortaleza de Qadesh, hacia la meseta de Arzawa y las Puertas Cilicias, que así se llamaban los estrechos desfiladeros que separaban Siria de Anatolia, por los que los caballos, decían los generales, debían pasar uno a uno, de ahí la imposibilidad de invadir Hatti, porque los hititas tenían muy bien protegido el paso que los hacía invulnerables por tierra, mientras que por mar era completamente imposible llegar al corazón del imperio, perdida su capital, Hattusas, en la alta planicie anatólica, rodeada de reinos vasallos como Zippasla o Arzawa, Wilusas o Milawanda entre otros muchos.

Pero para los reyes no era un problema llegar, por las nevadas montañas del Tauro y los valles cubiertos de melocotoneros y almendros de Kizzuwatna, al río Halys y a la capital hitita, Hattussas, en cuyo palacio, rodeado de altas murallas, vivían el rey y la Tawanana, su esposa, la reina, así como parte de la numerosa familia, unas veces sus mayores aliados y otras sus más encarnizados rivales, siguiendo los vaivenes de la más alta y azarosa política internacional, que era también complicada dentro de su mismo Imperio, sólo una Confederación de reinos, como el semiautónomo de Tarhuntassa o los gasga, que se habían apoderado de la sagrada ciudad de Nerik, y todo ello completando el mapa secreto que los oficiales y espías, mezclados con mapas parciales de sus guarniciones y defensas, elaborados para el faraón por los LÚ.MUN hititas u hombres de la sal, sus mayores comerciantes y a veces los mejores espías al servicio de Egipto.

Nada escapaba al control de estos informadores del faraón, que no dudaba en mezclarse con bandidos gasga que le ofrecían sus servicios, porque conocían bien las rutas del País superior hitita y los puntos débiles de la monarquía y la propia familia de los reyes de Hatti ya desde hacía varios siglos, en un país agitado por los problemas internos, a los que no eran ajenos los espías de los aliados egipcios y mitannios, las tribus gasga que saqueaban el norte del país, la situación en Siria y los problemas en el reino de Arzawa, situado en Arzawa occidental, en plena ebullición (y reforzados por la amistad egipcia), que se había hecho con el dorado comercio del ámbar báltico y pretendía controlar las importaciones de sal de los yacimientos centroeuropeos. Al parecer, decía uno de los informadores egipcios, no hacía mucho que la capital hitita, Hattusas, había sido capturada por los rebeldes gasgas e incendiada.

El rey hitita, Tudhaliya II, se había refugiado en la ciudad santuario de Arzawa, reducto del antiguo culto de la primitiva Diosa -abeja, Meter Steunene y había reorganizado el reino nuevamente desde allí con la ayuda de los sacerdotes y los prestados tesoros del célebre santuario, reconquistando la capital, Hattusas, donde se hizo fuerte e intentó reorganizar su maltrecho reino. Y sometió a los antiguos Estados vasallos de la frontera oriental, como los de Arzawa, Wilusas y Zippasla y se volvió contra el reino de Arzawa y su rey, aliado del faraón Amenofis III, obteniendo de nuevo grandes éxitos, pero sin ser capaz de lograr una victoria total en este reducto pro-egipcio situado en pleno corazón de Hatti.

Al final del reinado de Tudhaliya II, el reino hitita se había recuperado de los desastres anteriores y controlaba casi la totalidad de la gran zona de Arzawa central y norte, con extensiones hacia el este y el sureste, sobre todo gracias a la habilidad de su hijo, el príncipe que más tarde reinaría con el nombre de Subiluliuma I, en estos momentos el responsable de la recuperación de Hatti y de todas las preocupaciones egipcias, un príncipe que había heredado el reino tras un espinoso problema de sucesión que había abierto profundas heridas en la familia real. Él sería el más importante rey hitita de esta época. Un joven y valeroso guerrero, buen militar. Un gran estratega. Un insuperable enemigo para sus contemporáneos que le fuesen contrarios y se le enfrentaron.

Otras veces, los reyes de Egipto y su séquito seguían las maquetas del ejército egipcio que reproducían su importante vía que llamaban "Camino de Horus", que comenzaba en Zilu, en Egipto, y seguía cerca de la costa mediterránea, por Taro, Qantara Sharq y Rafah a través del desierto, para llegar a Rafia, Gaza, Ascalón, Asdod y Jope. Hacia el norte cruzaba el monte Carmelo, por Meggido, y llegaba a la llanura de Esdrelón, prosiguiendo al norte, hacia Damasco, por el sur del antiguo lago Huleh, o al sur del Mar de Galilea.

La otra gran ruta egipcia hacia el norte era el llamado "Camino real o del Sinaí". Salía de Egipto, cruzaba Ezión-Geber, al norte del golfo de Aqaba, pasaba por Edom y Moab, para subir por Transjordania y llegar a Damasco, donde se unía con el "Camino de Horus" y enlazaba con las rutas del norte de Siria y las que, atravesando el desierto, hacia el este, llegaban al Eúfrates y la antigua Babilonia, denominada ahora Karduniash por sus dominadores casitas, procedentes del Zagros, la cordillera oriental, que habían formado la III Dinastía de la ya antigua ciudad.

La actual capital, Dur Kurigalzu, construida por estos reyes casitas, se encontraba más al norte de la antigua ciudad de Babilonia que daba también nombre a toda la región, a varios días de camino, cerca de donde estuvo la antigua Akad o Agadé, en la zona en que Eúfrates y Tigris están más próximos, facilitando la navegación entre ellos por los canales. Y un más próspero y fácil comercio. Siguiendo el río Tigris desde ella en la maqueta, Nefertiti y Akhenatón continuaban el camino hacia las norteñas capitales asirias: Nimrud, Kalkhu para los asirios o Calah o Kalakh, cabeza de la ruta de los marfiles. Assur, la capital epónima del reino, situada en la orilla oeste del Tigris, que fue originariamente una colonia de Babilonia, o la altiva Nínive o Ninua, de poderosas murallas, situada en la confluencia de los ríos Tigris y Gran Zab, camino ya de Oriente y la meseta irania, donde Elam y sus poderosos reyes dominaban las rutas de comercio a larga distancia que proveían de lapislázuli, sedas y obsidiana a todos los grandes reinos conocidos.

Sus ambiciosos reyes comenzaban a representar un peligro para sus vecinos por sus deseos de control y expansión, no sólo frente al sur mesopotámico y los casitas babilonios sino también para sus vecinos inmediatos al oeste, los mitannios de la cuenca del Khabur, afluente del Eúfrates o los hititas y sus confederados, que dominaban las altas vías de comercio del Mesopotamia y Armenia hasta el Ponto Euxino y el Mar Caspio.

Las rutas norteñas del lapislázuli, la seda, la obsidiana, el ámbar, el oro y el bronce tenían la culpa. Y el comercio de esclavos, especias y perfumes del golfo Pérsico y Arabia o el Mar Rojo no les iban a la zaga, sin olvidar el opio y otras drogas. Un enjambre de reinos que se habían protegido de unos y otros buscando la alianza de los faraones, su oro y sus recursos, comerciales, financieros y militares. Un verdadero nido de serpientes venenosas que Nefertiti, y Akhenatón, ahora ella sola, dominaba a duras penas.

Todas las rutas, las fortaleza, las torres, las murallas, los contingentes militares, estaban representados en lo que los artesanos de la corte y los escribas reales pensaron al principio que era un capricho más de lo que sólo parecía una pareja de extravagantes reyes. Únicamente cuando ya estaban construidas todas las maquetas se dieron cuenta de lo fácil que era seguir por ellas la evolución de las vicisitudes internacionales y adjuntar a los carteles las anotaciones de la correspondencia de los espías, escribiendo en las tablillas en el archivo los detalles y cambiando las banderas en los asentamientos según fuese el lado que tomaban en cada circunstancia política determinada.

Tal vez los más divertidos con el excepcional juguete eran los mismos reyes, que sorprendían a los embajadores extranjeros en las recepciones por su conocimiento del terreno de sus respectivos países, la calidad de sus fortalezas, que ellos creían secretas y el número de sus torres, almenas y puertas, así como de los contingentes de tropas que en ellas vivían o los puertos que jalonaban las rutas, tanto la Real que llegaba a Damasco para enlazar allí con las del este como la de Horus que se bifurcaba para enlazar con las de la Península de Arabia y el Golfo de Omán. O el Mar Rojo y la península del Sinaí.

Todos aquellos pasatiempos de antaño cobraban ahora una triste realidad para la reina. Las tropas egipcias se replegaban, los campesinos aterrados huían. Mitanni sufría en sus propias carnes una guerra fratricida. Y el faraón Akhenatón acababa de morir. Ella sola era ahora la jugadora de la partida de senet por el lado egipcio, mientras sus contrincantes eran poderosos y estaban a menudo unidos como lobos de una manada, mientras ella era sólo una pobre mujer indefensa.

Las banderas de los diferentes Estados de la zona cambiaban de bando al son de las opiniones inestable de sus reyes, amigos otrora y ahora solapados enemigos que miraban con desconfianza el papel que una mujer viuda podía desempeñar en las fluctuantes relaciones de la inestable región, plagada de pasiones, amores y traiciones, regada por el oro de unos y otros, en la que pululaban cientos de bandidos y depredadores, ávidos de riquezas y muerte, prestos a enriquecerse con el oro y la sangre de los inocentes mercaderes y viajeros que se aventuraban confiados por la zona y descuidaban un sólo momento la vigilancia.

 

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