
Evocaba Nefertiti, ensimismada, los felices recuerdos de su niñez en el campo, momentos en los que su padre comenzaba a enseñarle a montar a caballo, a entender a su montura, cuando el animal aculaba, negándose a ir hacia adelante, se paraba o se ponía de manos, a ponerlo al paso, al trote, al galope, su larga crin de alazán al viento, compitiendo su color con los largos cabellos rojos de la niña, perfeccionando los movimientos de animal y humano, de los que ya sabía hacer por naturaleza, adiestrando sus actitudes normales de libertad, aplomándolo, apoyándolo, tocando su boca para establecer el contacto indispensable y transmitirle la voluntad del jinete y adaptando los movimientos artificiales, en los que la niña dirigía al caballo por medio de una doma que le permitía desplazar el centro de gravedad a conveniencia del jinete, tomando el equilibrio adecuado para el movimiento que se quiera realizar, cualquier movimiento, ejercicio, acto, paso, gesto o demostración que efectuaba bajo mandato el caballo, montándolo o con riendas largas, como le decía que también hacía su madre, que había sido desde niña una excelente amazona.
- De cómo tus criados pongan el arnés puede depender un día tu vida, Naomí-decía Ay, llamándola por su nombre familiar, explicándole la forma correcta de colocar el conjunto de las guarniciones que permitían al jinete montar al caballo y guiarlo de la manera más sencilla y racional, compuesto de la brida, la silla y sus accesorios. Y su correcto dominio del animal, para hacer que la obedeciese, la enérgica acción que debía realizar para dar mayor decisión a un caballo perezoso, indeciso, reluctante, calmoso, o cómo llevar a cabo el retroceso de la mano para inducirlo a dar prestaciones más eficaces, despertarlo, sacudirlo o enervarlo, utilizando las señales naturales para dar instrucciones a su caballo, para guiarle o para darle mayor impulso de manos, voz, piernas, riendas o desplazamiento del cuerpo, sin excluir, claro está, las artificiales, como fusta, espuelas y martingalas, de las que existían diversos tipos y consistían en un dispositivo de cuero o cáñamo, que servía esencialmente para situar en su lugar la cabeza de los caballos que la llevan excesivamente alta, un artificio que servía para impedir que el caballo levantase la cabeza demasiado y se perdiese el control del animal.-Recuerdo como Ay me enseñaba que el caballo es irracional, posee gran memoria y no es nada inteligente, como se cree, pero tiene desarrollados otros sentidos como el de conservación y defensa (que a veces se confunde con la inteligencia)- explicaba la reina al muchacho, que nunca había montado en aquellos animales y para él eran unos perfectos desconocidos.
- Por eso se le puede domar, por su carencia de inteligencia y su gran memoria. En ésto es donde decía mi padre que radica y tiene su base el proceso de la doma, y que además, son capaces de distinguir entre lo bueno y lo malo, el peligro y una situación normal, etc. Y puede ser de gran ayuda en situaciones especiales. Y me hacía observar cuidadosamente todos los detalles. Observar la cabezada, la parte del equipo del caballo, que se coloca en la cabeza para controlarlo-decía Nefertiti tocando la cabeza del ciego que se sentía caballo blanco especial de su amada reina y piafaba satisfecho, imitando a un potrillo juguetón, provocando sus carcajadas.
- Y me hacía tocar el cabezón de cuerda, que tiene tres anillas en la muserola, a fin de sujetar las riendas a la guindaleta y a las riendas de atar para dirigir el caballo sin montarlo y el collar y la otra correa que se abrochaba a la cincha entre las manos, por un extremo y dependiendo del tipo, a las riendas (tijerillas) o la muserola (gamarra), que es la correa de la brida que da vuelta al hocico del caballo por encima de la nariz y sirve para asegurar la posición del bocado-
-Así- decía Nefertiti, pasando sus manos sobre Neferhotep
- Y además, está la parte de la cabezada que rodea el hocico del caballo y que consiste de una banda de cuero sujeta a un montante por el otro- explicaba la reina sobre su amigo, que aguantaba paciente las explicaciones que para él eran caricias amorosas de su dueña- diciéndome que no sólo debía saber montar a los animales, sino que debía comprobar todos y cada uno de los detalles de los montantes, las tiras de cuero que son parte de la brida o del freno o incluso a utilizar el bocado de mordaza, cuyos montantes pasan por la parte superior e inferior de las anillas y llevan directamente a las riendas, un bocado muy duro que sólo es apto para jinetes muy finos y que los palafreneros que cuidaban a los animales admiraban en la joven princesa, que hacía caracolear pomposamente en su galope corto a su alazán de fuego ante sus admiradores.
-Y hay que controlar muy de cerca a los palafreneros-explicaba Nefertiti, recordando cómo Ay le refería que de aquellas pequeñas tiras de cuero o incluso de la barbada, la cadenilla del freno que pasa bajo el belfo inferior del caballo, el bocado, cualquier embocadura que se utiliza con cadenilla y es el freno completo para el caballo de silla, o el ajuste de la cincha que sujeta la montura y las charnelas, gancho por dentro del cual pasa la acción del estribo, dependían los jinetes, los ejércitos, los carros del faraón y la seguridad de Egipto ante sus enemigos, que podían comprar a los palafreneros para que situasen estímulos dolorosos bajo los borrenes, cada una de las almohadillas forradas de cuero que corresponden a los arzones de la montura, la parte delantera de la silla o la posterior, mientras fingían utilizar las bruzas cepillando a los animales o al enjaezarlos o simplemente, al comenzar a desbravarlos.
- No es lo mismo amaestrar y domar que dominar-decía la reina, encantada con aquel pequeño potrillo salvaje, el chico al que ella amaestraba a su manera, sin preguntarse si quiera si le beneficiaba o atormentaba su compañía, tomándolo como un juguete más en su vida, sin pensar siquiera que podría perjudicarle.
- El amaestramiento consiste en acostumbrar al caballo por medio de chasquidos, latigazos u otros medios, a hacer tal o cual cosa, hasta llegar a habituarlo y a que lo ejecute por rutina, sin tener para nada en cuenta las ayudas. Pero el dominio es otra cosa- suspiraba Nefertiti, pensando en cómo la reina Tiyi la había dominado y amaestrado a ella.
- Mi padre me enseñó que dominar un caballo es lo primero y después domarlo. Porque un caballo puede estar dominado y no estar domado, algo que a mí ni se me hubiera ocurrido pensar-reía la reina por la diferencia de las opciones.
- El dominio se obtiene por medio de la coacción, anulando el instinto de defensa y haciéndole ver al animal que el hombre es el que manda, que es el amo y que de nada le van a servir los intentos de resistencia que oponga a su voluntad, cortándole de forma inmediata cuantas defensas haga para no someterse. Y la doma es el conjunto de movimientos o aires armoniosos que se le han enseñado al caballo, por medio de las ayudas y que han culminado con la completa sumisión, ya sin defensas, aunque en su transcurso, tendrá que haber necesariamente algunas luchas, más o menos violentas, que acabarán con la total sumisión. Puede haber dos clases de doma: Una, que se hace y enseña por medio de las ayudas de voz, piernas, fustas, riendas y otras que ya te expliqué y que sirven para ayudar al caballo a desplazar su centro de gravedad y a su vez, equilibrarse, dejando así aligerados de peso los tercios que se quieren mover, facilitándole los movimientos. La otra es el amaestramiento, que consiste en acostumbrar al caballo por medio de chasquidos, latigazos u otros medios, a hacer tal o cual cosa, hasta llegar a habituarlo y a que lo ejecute por rutina, sin tener para nada en cuenta las ayudas.
-Te pondré una embocadura de oro, marfil y lapislázuli unida a la cabezada y metida en tu boca para conseguir controlarte y dirigirte a mi antojo, Neferhotep - decía Nefertiti riendo de los caracoleos del ciego, que reía a su vez, tirándose exhausto sobre la tierra, soñando que la reina tiraba del bocado, tascaba el ciego el freno y le montaba, dueña de su cuerpo y su mente, de su voluntad. Y su imaginación volaba sobre las casas y los palacios y los montes y los mares, como un halcón peregrino que llevaba en sus alas las promesas y en sus ojos la luz de los ojos de la reina, en una amuleto sen de esperanza y eternidad colgado de su cuello.