
El centro de la antigua ciudad amurallada es el montículo llamado Kom el-Sultán. La característica más importante debió ser el templo, dedicado primero a Khentamentiu y desde la XII Dinastía a Osiris. El templo se construyó en ladrillo, con sólo algunos elementos en piedra como las jambas y los dinteles de las puertas. Ello explica que algunos restos sean de comienzos de la I dinastía; como el fragmento de un vaso del faraón Aha, y de numerosas figurillas de hombres, animales y reptiles en piedra y cerámica. A partir de Kheops, de la IV dinastía (una estatuilla de marfil, que en el único retrato que de él se conserva), se han encontrado testimonios de casi todos los faraones del Imperio Antiguo hasta Pepi II.
En el Imperio Medio, Nebhepetre Mentuhotep probablemente añadió al templo existente una pequeña capilla, y a partir de entonces existen testimonios de muchos faraones hasta bien entrada la XVII dinastía. Entre los pertenecientes a la XVIII dinastía llevaron a cabo obras de reconstrucción Amenofis I, Thutmosis III y Amenofis III, estando representados los principales ramésidas, y sobre todo Ramsés II, por un templo completo que se encuentra en las cercanías, mientras que en el Período tardío destacan Apries, Amasis y Nectanebo I. Es probable que el templo continuase funcionando hasta el Período grecorromano. El yacimiento de Kom el-Sultán está rodeado por muros macizos de adobe levantados en la XXX dinastía.
La capilla de Osiris conduce a una zona dedicada al culto del dios, que discurre a todo lo ancho del templo y que comprende dos salas y dos series de tres capillas dedicadas a Osiris, Isis y Horus. Su característica más extraña es una estancia con dos pilares, trazada de modo que resulta totalmente inaccesible. La ampliación meridional del templo contiene estancias para el culto de los dioses menfitas Nerfertum y Ptah-Sokar, así como una galería en la que hay un magnífico relieve de Sethy I y de Ramsés II echando el lazo a un toro y, en el otro lado, una de las pocas listas de los faraones de Egipto, que en aquel lugar servía para el culto de los antepasados regios. La galería conduce a una serie de despensas. Frente a esta ampliación se alza un palacio de ladrillo con despensas y almacenes que probablemente se utilizaban para las visitas del faraón durante las fiestas.
Los relieves en las partes interiores del templo son de una finura excepcional. Las zonas exteriores, que incluyen la primera sala hipóstila, fueron completadas por Ramsés II, sobreponiéndolas en muchos casos a la obra de su padre. Detrás del templo de Seti I, y sobre el mismo eje, está un cenotafio propiamente dicho. Tanto en la planta como en la decoración (debida principalmente al faraón Merneptah) se asemeja a una tumba real. A él se llega desde el norte a través de un largo corredor inclinado. Las estancias principales son una sala que imita una isla y otra que recuerda a un sarcófago con un techo astronómico. Los macizos arquitrabes de granito sólo cubren una parte de la sala-isla, quedando abierto el centro. Fue pensada como una recreación de las aguas primordiales -la isla estaba rodeada por el agua del abismo- en cuyo centro se alzaba el montículo primordial sobre el que verosímilmente germinaba una mata de cebada como símbolo de la resurrección del dios Osiris. Ramsés II levantó un pequeño templo al noroeste del de su padre. Este es notable por la excelente conservación del color de sus relieves, que pueden verse a plena luz del sol.