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El traslado de la barca de Amón desde Karnak a Luxor (el Harén del sur).

 

Las ofrendas afluían en gran número por el tropel de huéspedes que llegaban al templo de cada dios festejado, que era portado sobre el altar portátil rodeado de una cortina, colocado sobre una barca sagrada que transportaban los sacerdotes. La procesión se desarrollaba en el patio, en los alrededores inmediatos de la vivienda del dios. Sin embargo, durante los meses de las Grandes Fiestas, la estatua divina recorría el campo o navegaba sobre el Nilo haciendo numerosas escalas.

Era el momento de consultar al dios, que respondía a las preguntas por Oráculos. Hay que recordar que el culto de los dioses se efectuaba de forma cotidiana siguiendo un ritual muy preciso. Los sacerdotes comunicaban cada día con la divinidad como precisa Drioton:

«Los ritos comenzaban por la mañana temprano (...). El sacerdote de servicio encendía las lámparas, rellenaba el incensario y procedía a una primera fumigación para propagar en la habitación un olor agradable. Hecho esto avanzaba hacia el naos (...) y abría los batientes. La estatua aparecía ante sus ojos, por supuesto, inerte y adormecida, pues la divinidad no había descendido sobre ella todavía. El sacerdote se prosternaba y recitaba un himno de adoración. Después, alzándose, abrazaba la estatua. Este gesto, el del hijo que quiere sacar a su padre del sueño, `despertaba' al dios y hacía descender su alma divina. El culto propiamente dicho podía comenzar». El servicio del dios se ritmaba por los movimientos del sol en el cielo. En la Baja Época y sin duda ya en el Imperio Nuevo, comprendía tres fases correspondientes a la salida, apogeo y puesta del sol.

La más importante era la fase del comienzo de la mañana. Las ofrendas habían sido preparadas antes de la aurora en los talleres del Templo y los sacerdotes se habían purificado en el lago sagrado, penetrando simbólicamente en el principio de la vida de donde el mundo había surgido en el momento de la creación y de donde surgía cada año la tierra de Egipto en el momento de la inundación, dispuesta para una nueva recolección. Después, dando la vuelta al Templo vertían el agua y encendían el incienso para alejar los principios hostiles que hubieran podido deslizarse en el recinto. Los alimentos del dios eran llevados en procesión en una de las salas del Templo donde se levantaban pequeños altares consagrados.

El oficiante principal abría las puertas del santuario, apresuraba al dios para que se despertara y abría las batientes de la naos en el momento en que el astro de vida aparecía en el horizonte. La luz naciente penetraba al dios de la energía del nuevo día. Los alimentos se disponían entonces delante de la estatua, con una representación de la diosa Maat, símbolo del Orden cósmico, que insuflaba al dios la fuerza necesaria para la renovación cotidiana de este Orden. Después la estatua era desvestida, lavada, vestida de nuevo, adornada y nuevamente ungida, incensada y purificada. Naos y santuario quedaban luego cerrados hasta la mañana siguiente.

El servicio de mediodía consistía solamente en aspersiones de agua y fumigaciones de incienso. En el curso de la tarde se procedía a la renovación de ofrendas. Este culto tenía por fin recordar el ciclo perpetuo del Sol, del Cosmos y de la Vida. El sacerdote aseguraba la exactitud de este ritual activando cada aspecto de la jornada y cada aspecto del año. Por las Fiestas el pueblo egipcio se encomendaba a la ronda del tiempo durante los momentos adjudicados a la Naturaleza y a la Vida. Si añadimos a este ciclo estacional tributario de la danza de los astros la interacciones estelares que los egipcios consideraban fundamentales, podremos comprender, como decía el poeta, que para los egipcios el Universo es un templo y la tierra un altar.

Participar más conscientemente en los ciclos es vibrar en un plano menos denso, ser más sensible a las llamadas del mundo invisible. ¿Por qué, en efecto, quedar encadenado a nuestro mundo material de todos los días y olvidar que nuestro planeta se eleva, como un pájaro a través de los espacios siderales?

LAS FIESTAS RELIGIOSAS. LA FIESTA DE LA EMBRIAGUEZ.
El 15 del mes de Toth de la estación de Akhet se celebraba la Fiesta del Nilo o de la Embriaguez. Era el momento de la llegada de Hapi, el dios del Nilo, que apostaba por la renovación de la vida en la tierra de Egipto.

En el curso de una ceremonia, el faraón bailaba delante de la estatua de Hathor en Denderah y se ofrecía a la diosa un cántaro de vino antes de hacerle las libaciones. El primer día del año o salida de Sirio llegaba también durante el mes de Toth.

LA FIESTA DE OPET
La fiesta de Opet, una de las más importantes del año, tenía lugar en el mes de Phaophi de la estación Akhet. En el Imperio Nuevo duraba once días.

En esta ocasión el dios Amón dejaba su templo de Karnak para dirigirse con gran pompa al templo de Luxor, donde volvía a encontrar a su esposa. Después, en su barca, el Rey conducía al dios hacia su templo nuevamente. La pared oriental del templo de Luxor, decorada por el faraón Tutankhamón, muestra el desarrollo de la Fiesta, que comenzaba por una ofrenda delante de la barca de Amón y su capilla portátil.

El cortejo salía después del templo: treinta sacerdotes sostenían la pesada barca de Amón, a la que seguía el faraón, su familia y sus ministros, acompañados de un cortejo de fieles. Cantos y tambores acompañan la procesión. Los barcos esperaban al cortejo y la familia real ocupaba su lugar en la espléndida embarcación del dios. En la orilla, una multitud regocijada acompaña la flotilla sagrada lanzando gritos de júbilo: es la tripulación encargada de tirar de los barcos hacia arriba. Pero por difícil que sea este trabajo, los que lo realizan están llenos de alegría y ardor al servicio del dios.

Lejos aún siguen los soldados con sus oficiales; los libios y los negros toman también parte en el cortejo, manifestando su entusiasmo siguiendo sus propias costumbres. En medio de esta barahúnda resuena la música de los sistros y el canto de un himno antiguo entonado por un grupo de cantantes y sacerdotes. A la llegada a Luxor, un cortejo parecido al primero se ponía en camino hacia el Templo.

En cabeza los sacerdotes llevando la barca de Amón, después el Rey y la Reina acompañados de su séquito, y por fin la multitud completando la procesión. En el desfile se pueden ver igualmente las barcas de su esposa Mut y su hijo Khonsú. En el seno de la escolta militar se mezclan sin cesar grupos felices de músicos y bailarines ligeramente vestidos. En el camino se disponen montículos, una especie de colinas artificiales en cuyas cimas los sacerdotes realizan sus ofrendas. En el Templo, es el Rey en persona quien realiza esta ceremonia mientras su séquito, los sacerdotes y los cortesanos, esperan delante de la puerta del Santo de los Santos.

La vuelta se efectúa según el mismo programa, con la sola diferencia de que las barcas no son más jaleadas porque descienden por el río. Todos cantan la gloria de Su Majestad que ha hecho navegar a Amón. Cuando los dioses vuelven a Karnak se terminan estas solemnes jornadas con una gran ceremonia de ofrendas. Esta descripción podría hacer pensar que la ceremonia se desarrollaba en una sola jornada: en realidad duraba once días bajo Tutmosis III y hasta veinticinco días bajo Ramsés III.

El nombre de Opet significaba abundancia y caracteriza el viaje al santuario. Unido al ritual de la Hierogamia, se efectuaba en presencia del Harén real, porque era el momento preciso para la concepción del niño real. Los Textos hablan de la unión divina del dios y la Reina, a petición del Rey; así, el niño que nazca poseerá la sustancia divina y real.

 

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