
Recordaba otras veces sus largas charlas con el escultor Tutmés, que se dedicaba a los más extraños experimentos, encerrado a menudo a solas en su sótano misterioso, acompañado otras veces por aquellos amigos extranjeros, tan aficionados como él al estudio de las diversas materias, la investigación de las formas y los experimentos con animales, vegetales o minerales. La entrada del laberinto de pasillos y estancias llenas de papiros y complicados artilugios no la conocía casi nadie. Pero ella sí sabía que estaba escondida en un lateral de la cisterna circular del patio de la casa de Tutmés, a la que se bajaba por una sofisticada escalera de caracol, que él le había mostrado un día, orgulloso, porque se había construido según un número proporcional, al que él llamaba "el número de la Diosa" con arreglo al cual ella modelaba las caracolas del mar y las hojas y los hombres y las espirales. Toda la belleza armónica respondía a aquella proporción mágica. Y las paredes bajaban proporcional y armoniosamente hacia las profundidades de la tierra, la matriz de la Diosa, como él decía riendo, medio en broma, medio en serio, un poco para quitar importancia a su sabiduría, pero orgullosos del interés que despertaba en la reina. Allí abajo, en las estancias secretas de un laberinto de habitaciones sin orden aparente, se amontonaban grandes jarrones repletos de antiguas sustancias, conseguidas por viejas fórmulas, conservadas en los papiros mohosos, guardados en recipientes de cuero, arcilla o metal, apilados en los anaqueles y los estantes que llegaban hasta el techo en las sucesivas habitaciones, apenas alumbradas por lucernas de arcilla o lámparas de sal que despedían luces de colores fosforescentes, como si en ellas habitasen millares de inquietas luciérnagas parpadeantes que alumbraban los sueños. En otras estancias, unas altas probetas, puestas al fuego, despedían por sus bocas abiertas sustancias humeantes, huecos tubos de vidrio transparente se empalmaban entre sí con tuberías de arcilla y muñecos de papiro y madera se movían en el aire, inducidos por el efecto del vapor que los elevaba y llenaba sus estructuras. Allí, las alas de extraños pájaros artificiales se movían, impulsadas por chorros de vapor que escapaban de frascos de vidrios transparentes, ubicados en sucesivos anaqueles alineados en las paredes. Y redomas de diversos tamaños, calentadas al fuego de llamas portátiles, que despedían humos de diversos colores. Más allá, platos cóncavos o lisos con sustancias blanquecinas, morteros, varillas de vidrio para remover las redomas, plumas, trozos de cuero, carbones y carboncillos, se podían ver a simple vista, aunque tapaban a su vez, otros numerosos objetos que se perdían bajo algunos en las sombras y la profusión desordenada.
Todo aparecía mezclado con los cuerpos y elementos más variopintos en los que uno pudiese pensar o soñar. Y telas negras, tachonadas de estrellas, simulaban el cielo nocturno, al que Tutmés le enseñaba a mirar con un largo tubo negro, en cuyo extremo brillaba una lente de vidrio pulido que aumentaba el tamaño de las lejanas y pequeñas luces celestes, haciéndolas cercanas, invento que había comprado a un astrónomo matemático babilonio que se dedicaba a hacer horóscopos por las calles y había acogido en su taller-laboratorio. O a veces pasaba horas entretenido con una curiosa y pequeña pieza de vidrio transparente del tamaño poco menor que la palma de la mano de la reina, tallada en forma circular, que utilizaba para agrandar los objetos, poniéndosela delante de los ojos y le enseñaba a Nefertiti los resultados de sus visiones, las patas de los insectos o los ojos espantosos de las moscas, agrandados por el curioso artilugio. La llamaban "el vidrio del Sol". Y si la ponía sobre su ojo, alternativamente, agrandándolo, daba la sensación de ser un espantoso y gran insecto a su vez, que la atemorizaba, recordándole los peligrosos parásitos de los que le había hablado Kakuy y las máscaras de las abejas. Con estos vidrios, los joyeros estaban consiguiendo trabajos espectaculares en Karduniash, la antigua Babilonia y también los tirios, que habían inventado la forma de fabricar pequeñas bolitas de oro, de tamaño no más grande que los granos de arena, que pegaban a las piezas mayores con una sustancia o soldadura especial que aún no habían podido averiguar, porque era un secreto, similar al de la fabricación de la tintura de púrpura, que había costado la vida a más de un espía, decía Tutmés, mientras le enseñaba una joya deslumbrante, cuyos dibujos en celdillas llenas de pasta de color rojo, lapislázuli y malaquita sus ojos apenas apreciaban a simple vista, rodeadas las celdillas por pequenas bolitas de oro al decir de Tutmés no tan perfectas como las ugaríticas, una labor minúscula que veía perfectamente si ponía delante de su ojo aquel vidrio secreto que le pareció encantado. Y más aún cuando Tutmés le hizo observar con ella la cabeza de una abeja que estaba estudiando, encerrada en una gota de ámbar, procedente de los lejanos países del norte, allí donde los viajeros relataban que no se ponía el sol o no existía el día o la noche la mitad del año, donde las montañas estaban cubiertas de agua helada que era blanca y quemaba y los hombres y las mujeres vivían en cuevas y se protegían del frío con pieles de animales, tan grandes como las mismas montañas.
- Date cuenta de que los artesanos modificamos las más diversas sustancias y las estudiamos y manipulamos de muy diversas formas. Y aquí mismo somos muchos y procedemos de lugares muy diferentes- explicaba Tutmés a la reina, que le visitaba a menudo y seguía con el mayor interés sus explicaciones y enseñanzas, seguida de Kakuy y Kaku, alumnos aventajados de aquel pozo de sabiduría, maestra Kakuy a su vez en numerosos aspectos e indicaciones que el artista apreciaba por su agudeza e ingenio.- Y que somos capaces de mudar las materias más diversas de miles de formas y que podemos hacer realidad casi todo lo que podamos imaginar. ¿Te has dado cuenta de que tenemos algo de magos?-reía Tutmés ante la cara de asombro de la reina con sus palabras, encantada con las explicaciones del hombre, que le contaba, entre otras cosas, sus observaciones acerca de la atracción que ejercía el ámbar sobre cuerpos ligeros después de haber sido frotado, hecho que algunos atribuían a un alma en el ámbar, similar a la de las personas, que era como un fantasma poderoso que atraía dichos cuerpos y la convertía en una sustancia especialmente mágica.
- Junto con algunos artesanos, como los carpinteros, los orfebres, los artesanos del cobre, los joyeros, los alfareros o los fabricantes de corazas, carros, arcos, cuentas, cordeles y abanicos, estamos también los artistas que sabemos dar vida a las piedras. Al barro. A la madera. A los colores. La función del escultor no consiste sólo en dar forma a un trozo de piedra o de madera a imagen de un modelo. El término que se utiliza para designarnos sugiere una interpretación de nuestra misión: Nosotros somos "los que hacemos vivir", los que damos vida a los objetos. A las piedras. A la madera. Cambiamos, mudamos y alteramos las sustancias más diversas, variando sus aspectos y rectificando las apariencias naturales de las materias, reformando los perfiles, innovando las sustancias de manera que, como los magos, hacemos vivir las sustancias inertes, transformando y enmendando la obra de los dioses creadores. En ese mismo orden de ideas, el acto de diseñar algo con las manos es "darlo a luz", "parirlo", como hace una mujer-explicaba el artista con pasión, consciente de la importancia de su arte y su misma y propia significación como "madre" y "padre" de sus obras, algo que a nadie se le podía ocurrir si no entendía la fácil explicación con que acababa de referirlo y que le asimilaba a los dioses, que eran, a la vez, "padre" y "madre" del mundo y sus criaturas.-Y como sabes, señora y reina todopoderosa ante la que me inclino siete veces siete -decía el escultor, haciendo ante Nefertiti una cortesana reverencia- el "nacimiento" de una estatua divina es un hecho tan memorable que da su nombre a todo el año: el de la estatua de Anubis, o de Akhenatón, en tal o cual emplazamiento, por ejemplo, que permite distinguir un año determinado del reinado de un faraón. Los egipcios atribuimos a las imágenes y representaciones unas propiedades que van mucho más allá de su apariencia visual, como bien conoces tu misma, mi reina-decía Tutmés, moviendo sus manos a lo largo y a lo ancho de una imaginaria escultura, mientras su rostro se transfiguraba con la explicación y sus ojos brillaban de excitación ante la idea que explicaba.
- Las imágenes tienen poderes mágicos. Están vivas. Tras someterlas a determinados ritos, se abre la boca y los ojos de la estatua para que pueda participar de las ofrendas que se hacen en una tumba o en un templo. Ya sabes que creemos de forma fehaciente que la estatua de un dios es capaz de expresar su opinión, moviendo una parte del cuerpo; con la ayuda de los sacerdotes del oráculo, claro, pero ello no les hace dudar en modo alguno de que la imagen misma está dotada de vida. No es por tanto, extraño, que los que ejercen una profesión tan esencial tengan con frecuencia el rango de sacerdotes. Tenemos los artistas acceso al saber, y a muchos de nosotros se nos considera magos oficialmente-dijo el hombre muy serio, mientras la reina asentía a sus palabras, de las que no dudaba en absoluto, moviendo la cabeza afirmativamente, mientras Tutmés continuaba la explicación.
- El dibujante, encargado de la difícil tarea de pasar de tres a dos dimensiones, es "el que representa una forma", fórmula en la que el término "forma" debe entenderse en su sentido más amplio, es decir, no sólo los contornos visibles, sino también la naturaleza y el carácter del objeto. Le da vida y alma y es su creador divino, una faceta más de la fuerza mágica que sale de nuestras manos y nuestras mentes, señora- decía el escultor, mientras mostraba a la reina parte de los esquemas y dibujos de sus ayudantes, en algunos de los cuales aparecía la familia real en las más diversas formas y actitudes, tanto en la intimidad de los jardines, en los que paseaban los reyes y las princesas, rodeados de sirvientes, como en alegres meriendas campestres, en las que las princesas comían ánades o cortaban flores o los reyes recibían a ilustres invitados, como la reina Tiy, que aparecía representada en uno de los esquemas de Inaro, junto a los reyes y las princesas, en una comida que se celebraba en un cenador del parque real, acompañada de una de sus hijas. -No es preciso repetir ni demostrarte, mi reina, porque tu lo conoces perfectamente, que los egipcios hemos llevado el arte del dibujo a un nivel de perfección jamás superado por otras civilizaciones actuales, aunque los cretenses no nos van a la zaga, como sabes por la obra de Inaro, mi joven ayudante y el aprendiz Minet, que mueven sus pinceles con la misma magia que hacemos los egipcios. Los verdaderos maestros de Egipto, sin embargo, somos los escultores y los dibujantes. El que viene después, con sus pinceles y su paleta de colores, apenas puede hacer nada para mejorar el trabajo de quienes hemos concebido la obra grabada, esculpida o dibujada y la hemos llevado a cabo con la magia de nuestra imaginación y nuestras manos. La distribución de los colores en las diversas escenas y ámbitos se fijó, como sabes, muy pronto en nuestra civilización, y en la pintura es raro encontrar un toque de originalidad porque tenemos una serie de códigos para representar las figuras, hasta esta época, en la que con la ayuda del faraón, tu esposo, y con su sagrado permiso, hemos renovado los colores y las formas de representación de los seres vivientes e inanimados.-dijo Tutmés, explicando así algunas de las técnicas nuevas de su trabajo y del de sus ayudantes.-Se podría afirmar incluso, continuaba el artista con vehemencia- que en Egipto no existe la noción de pintura como tal. Y sin el dibujante previo que marca las líneas y los perfiles, el pintor carecería de misión. No obstante, es innegable que también el arte del color tiene el máximo desarrollo que le permiten estas limitaciones y en las obras bidimensionales es importante conocer a "el que dibuja las formas", muchas veces llamado también "escriba de los contornos". A diferencia del escultor, nunca se le describe como "el que da la vida". Sin embargo, los resultados de sus trabajos y creaciones poseen unas cualidades mágicas semejantes a las de las estatuas o las figuritas que realizan los escultores. Toda representación está al servicio de un fin, cualquiera que éste sea, y por eso es evidente que carece por completo de sentido hablar de sólo decoración o "arte por el arte" en este país. Todo tiene un sentido mágico. Una finalidad mágica, mi reina. Por eso yo te creo cuando te reproduzco, Nefertiti. Y todas tus estatuas son tú misma. Yo te doy vida, soy el mago que te crea cada día, mi señora....Soy tu creador y el mago que te hacer vivir, y por ellas serás inmortal, Nefertiti. Mientras tus estatuas existan y tus figuras conserven tus rasgos, nada ni nadie podrá darte muerte. Serás eterna, mujer-Le dijo, mirándola con amor
- Porque yo les he dado a todas ellas las precisas cualidades sobrenaturales que las harán revivir, en el preciso momento en que alguien diga las palabras mágicas del conjuro que te devuelvan a la vida- continuó el escultor, mirando de frente a los ojos de la reina, que le escuchaba asombrada y confusa, mientras sentía en su alma la importancia de las palabras que acababa de pronunciar Tutmés, para él una parte de su trabajo, que no solía revelar a alguien que no fuese de su confianza, y nunca a desconocidos.
A su lado, Kaku y Kakuy callaban y sonreían y se oía un extraño rumor de fuentes y el murmullo del viento que susurraba al oído de las flores en los jardines y las aves cantaban en sus nidos, amplificados los sones y olores de la naturaleza que penetraban y se expandían por minúsculos y sutiles conductos de arcilla que unían el laboratorio a la superficie, conductos que se agrandaban hacia el interior, amplificando los sonidos del mundo exterior y llenaban las habitaciones de aire extrañamente fresco.
-Como sabes también- recordaba a veces la reina aquellas palabras, pronunciadas posiblemente sin más intención que la de asombrarla pero que ahora rememoraba con nostalgia- el anonimato de los que producimos las obras artísticas de Egipto es una constante. Y llama la atención a veces a los artistas de otros países que firman sus obras y ponen en ellas su nombre y el de su familia, así como el de su país de origen, sobre todo si pensamos en el papel que en nuestra cultura desempeña el nombre. Ya sabes que su importancia es tal, que la representación de una persona en una estatua o en un relieve sólo cumple su función si el nombre del individuo aparece sobre ella o junto a ella, para conferirle la vida mágicamente. Pero por eso mismo, los escultores y los dibujantes que las llevamos a cabo, no firmamos nunca nuestras obras, para no inmiscuirnos ni interferir en la vida que mágicamente les insuflamos- dijo el hombre, consciente de su propia importancia como "hacedor" y creador de vida, algo que a la reina, aunque no le extranaba, puesto que su instrucción misma comprendía el estudio de aquella "magia, el oírlo recordar por Tutmés no dejaba de impresionarle. -Por esta razón, nunca estaré a tu lado en la eternidad, mi admirada y muy amada reina, ante la que me postro siete veces siete- dijo Tutmés inclinándose ceremoniosamente ante Nefertiti, que le correspondió con una sonrisa y un gesto de su cabeza. Amaba sinceramente a aquel hombre increíble que no dejaba nunca de sorprenderla y pensaba en la magia de sus manos sobre su cuerpo, sobre su carne perfumada, la belleza de su sonrisa y el color de sus ojos, semejantes a pequeños trozos de cielo perdidos en su rostro moreno que la hacía sonar en las noches de amor que a veces compartían en su estudio, o en el propio palacio real, abandonado su lecho tantas veces por Akhenatón.
-Se conoce el nombre de un escriba que copió un manuscrito, pero raras veces el de su autor, señora-proseguía el escultor las explicaciones, dirigiéndose también a Kakuy y Kaku que acompañaban a la reina en ocasiones y a parte de los ayudantes del taller, que detenían su propio trabajo para escuchar sus enseñanzas. - Si se conservan algunos nombres de escultores o dibujantes será gracias a nuestras tumbas, nuestras estatuas. Por cierto, será preciso que alguna vez haga alguna de mí mismo- dijo riendo mientras todos le coreaban --Aunque también es posible que alguna vez haya algunos monumentos hechos en nuestro honor-dijo el hombre siguiendo la broma que había iniciado, puesto que sabía lo improbable de tal afirmación. A menudo ellos mismos no participaban en la ejecución de algunas de sus propias obras, que simplemente esbozaban y dirigían, llevando a cabo solo las más importantes. Como él había hecho siempre con las imágenes de su amada reina.
-Ya veis, señora, mis queridos amigos que nos acompañáis esta tarde- decía Tutmés dirigiéndose a veces a sus escasos invitados de su confianza-, todo es relativo, efímero y transitorio- dijo el hombre dirigiéndose a la concurrencia, que seguía sus palabras con interés- . El destino del mismo Beck, el más importante entre nuestros artistas, salvo si alguna vez se descubre su tumba, es que nadie recuerde su nombre o el de su esposa- dijo Tutmés con un halo de tristeza infinita ante la realidad de su renuncia - Y lo mismo sucede conmigo o con Inaro, a los que conocéis todos tan bien, incluso tu, mi reina- dijo el artista-. Tampoco se conservarán, por designio de los dioses eternos, los nombres de los escultores Nebamon e Ipuky, que ahora trabajan en Tebas donde decoran sus respectivas tumbas en las colinas que dominan la ciudad y han hecho representar las diversas actividades que tienen lugar en sus talleres.
- Yo las he visto y admirado. Pero ninguno de los personajes lleva el nombre de uno u otro propietarios de estas tumbas, aunque sepamos que son suyas todos nosotros. Y tampoco dejarán su nombre en sus esculturas o en las que salieron de sus respectivos talleres. Solo se tiene en cuenta el resultado final y el esfuerzo colectivo desplegado para alcanzarlo, no la glorificación individual del artista, como sabes. Tal vez porque los dioses castigan que nos acercamos a ellos dando la vida- dijo muy serio el artista, reflexionando sobre aquella curiosa costumbre, una regla que era casi una ley no escrita para el pueblo que le había acogido y él respetaba.
- La vida en el Más Allá es, como sabes, mi reina, de un modo u otro, sólo una parte más de la vida cotidiana de este pueblo sobre el que gobiernas con tu gran sabiduría, algo que se aprecia en los vestigios que dejaremos al futuro y al tiempo: Nuestras tumbas, posiblemente, lo único que dará fe de nuestra existencia en este mundo-dijo Tutmés- aún cuando no nos debamos dejar engañar por el hecho de que casi los únicos vestigios conservados de nuestro pueblo procedan en su mayoría solo de monumentos funerarios, porque organizar la vida personal después de la muerte es algo natural para estas personas, porque creen en la vida más allá de este mundo y esta carne mortal. La eternidad es una realidad que tenemos en cuenta, y cada cual se la organiza como mejor puede y se nos ofrecen diversas posibilidades. Pero sobre todo, tenemos en cuenta que para tener esa opción, debemos conservar nuestros cuerpos. No parcialmente, sino completos. Con todos nuestros miembros. El cuerpo. La cabeza. Y sobre todo los ojos- continuó el artista mirando a los reunidos-Ellos son la entrada a nosotros mismos. La expresión de nuestra existencia. El poder de nuestra persona. Nosotros mismos. Por eso le damos tanta importancia a los ojos de las estatuas y el poder del Ojo de Horus, cuyas partes utilizamos como medidas de las fracciones. Hemos podido observar que, pese a la destreza de los embalsamadores, un cuerpo momificado acaba por estropearse. Pero una imagen sobrevive. Una vez sometida a los ritos adecuados, una estatua puede sustituir a la tan frágil envoltura carnal humana. Las representaciones en los muros de la tumba o en el interior de los sarcófagos, desempeñan la misma función. La tumba es una morada para la eternidad, y las imágenes en ella contenidas, deben ser eternas. El artista que la decora realiza, así, una tarea ritual o mágica, creando en ella el ambiente adecuado para que su cliente pueda emprender su viaje al más allá. El escultor de un templo, o su arquitecto, participan en conjunto en un proyecto que es también de la mayor importancia. Para nosotros los egipcios, como sabéis todos, el santuario del templo es un mundo en pequeño. En los mitos sobre la creación, el mundo suele aparecer como una colina emergida del océano del caos. Sobre esa colina, el dios hacedor crea a los otros dioses y al hombre. Pero alrededor de la colina persiste el caos, presto a engullirla con sus moradores. La intervención del faraón es la única forma de preservar la estabilidad del mundo. Tal es el sentido de las ofrendas que presentan en el templo el rey o sus representantes los sacerdotes. Por consiguiente, intervenir en la construcción del monumento (reproducción del mundo organizado) es un trabajo sagrado para nosotros.
- De ahí nuestra importancia-concluía el hombre mirando fijamente a Nefertiti, deseando hacerla suya en aquel momento. Delante de todos. Como podía y solía hacer el faraón cuando deseaba a la vista de todos sus súbditos, puesto que su sexualidad real era sagrada y garantizaba la continuidad de la vida del país. -Nunca creí que tendría envidia del faraón-se decía Tutmés oliendo el perfume de Nefertiti, sintiendo sus venas latir bajo la piel de su rostro, en su cuello, aspirando el perfume de sándalo y ámbar que emanaba de su sagrada persona, tan cercana y tan lejana a la vez de sus afanes personales. De este modo, los escultores y los dibujantes concentran sus esfuerzos en obras de carácter mágico-religioso-continuaba Tutmés hurtando a sus invitados y oyentes el transcurrir de sus pensamientos más íntimos. Deseaba morderla, hacerla aullar y gemir de placer al penetrarla allí, de pie, contra la pared. Besar aquellos labios que tantas veces había reproducido y besado en silencio en sus bustos, en sus estatuas en sus finas líneas de dibujo, cuando la acariciaba en el silencio de su estudio, mirando sus ojos de vidrio que él mismo había modelado con sus manos. - Su motivación principal -continuaba el artista en voz alta- debe ser la voluntad de mantener el mundo como lo han conocido, y así la uniformidad del arte egipcio procede del principio de que en ese mundo los cambios no son necesarios. Hay excepciones a esa regla, excepciones que hoy calificamos de "realistas"; pero para los egipcios el realismo no pasa de ser un concepto secundario. Los bocetos nos hablan del arte no oficial, y también los restos de decoración de viviendas privadas o los pocos papiros ilustrados que no son funerarios ni ceremoniales. No son esas obras las que permiten mantener la tradición, pero arrojan una luz nueva sobre la destreza de los dibujantes. Aunque los escultores tenemos menos oportunidades de improvisar, no hay que olvidar las numerosas figuritas y otros encantadores "objetos artísticos" que salen de los distintos talleres. Para poder cumplir su finalidad mágica, las obras de cualquier naturaleza deben estar realizadas de la manera correcta. La obra debía ser completa y perfecta, y los medios generalmente aceptados para alcanzar ese fin no dejan de ser sorprendentes, pese a lo cual no parece que se discutan salvo en raras ocasiones. Los artistas egipcios elaboramos una especie de lenguaje codificado, comprensible tanto por un dignatario del Imperio Antiguo como por su homólogo mucho después. Los escultores copian siempre, además, bajorrelieves del Imperio Antiguo, lo que demuestra que tanto la forma artística como el mensaje que con ella se expresa mantienen su inteligibilidad a lo largo de los siglos.
- ¿Que nosotros hemos cambiado ese código?- Se preguntó Tutmés a sí mismo- Y se contestó afirmativamente.-Sí. Es posible. Es cierto. Lo hemos cambiado. Experimentamos con los colores y las formas y las distancias. Con el permiso del faraón, que tiene derecho a hacerlo porque él es el dios viviente. No hemos hecho nada que los dioses mismos y Akhenatón no hayan permitido. Aunque tal vez nos cueste la vida esta osadía-dijo mirando a los presentes, mientras una sombra premonitoria nublaba sus bellas facciones de tristeza.
- En cuanto a los colores, puedo decirte que desempeñan un papel importante también en todas nuestras obras de arte. Tú lo sabes. Y no sólo por razones estéticas, sino también porque con él se puede transmitir de manera muy precisa la esencia de las cosas. Es mágico. Las esculturas suelen perder casi toda su pintura; materiales como la caliza blanca, la arenisca dorada y el granito rojo o negro tienen con el tiempo sus tonos naturales, pero originalmente la caliza y la arenisca (quizás incluso el granito rojo) estaban recubiertas de pigmentos. Y esos colores le daban, le dan, vida. Los relieves de las tumbas y los templos se pintan con colores vivos, pero éstos tienden a ir palideciendo, pues la superficie no se prepara con tanto esmero como la de las pinturas, que sobre el yeso, han conservado su brillo original. Los egipcios empleamos en la pintura un número limitado de pigmentos, que raras veces mezclamos para obtener matices. Además del negro y el blanco, trabajamos con el rojo, el amarillo, el azul, el verde y el rosa. A veces hay anaranjado y gris. Los elementos de base son minerales naturales o pigmentos derivados de ellos. Es fácil obtener el negro del hollín que cubre los utensilios de cocina, y el blanco del polvo de yeso o de cal. El rojo y el ocre amarillento vienen del desierto, de interior de las pellas de arena dura. También se empleaban y emplean el óxido de hierro y el oropimente, trisulfuro de arsénico o "amarillo real, un pigmento áureo o dorado, a causa de su color amarillo profundo un producto muy venenoso con el que hay que tener mucho cuidado al utilizarlo, aunque las mujeres lo utilizan a menudo también como depilatorio, mezclado con dos partes de cal hidratada. Se lo utiliza asímismo en las curtiembres para depilar los cueros, y para fabricación de venenos. El rosa se consigue mezclando rojo y blanco. El azul se obtiene de la frita teñida con cobre procedente del Sinaí o del desierto oriental. La malaquita esa el componente principal del pigmento verde. El azul y el verde son los colores más difíciles de preparar y no se usan mucho. Como aglutinante se emplea el agua, sola o mezclada con goma y los pigmentos se aplican sobre la superficie seca, como a veces te he enseñado con provecho, mi reina, pues tu habilidad en la pintura es algo que todos admiramos-dijo el artista halagando la conocida afición y habilidad de la reina para pintar, algo que debía sobre todo, no solo a sus aptitudes naturales sino también a la paciencia de Inaro y Minet, cuyas clases seguía a menudo muy interesada la soberana, acompañada a veces por alguna de sus hijas pequeñas.
- Como bien sabes, señora, los colores se distribuyen conforme a una clasificación que está establecida desde el Imperio Antiguo y que se mantiene prácticamente inalterada durante toda nuestra la civilización faraónica. Hemos, por tanto, de preguntarnos por el significado de cualquier variación importante, algo que en nuestros tiempos, como sabemos, hemos variado en ocasiones. Así, el rojo es el color del cuerpo humano masculino, y también de la madera, el cobre, el granito, la cerámica, el desierto y los tejidos. El amarillo sirve para el cuerpo femenino, la madera, el oro, las fibras y los textiles. Suele recurrirse al blanco para los tejidos, la plata, la caliza o la arenisca pintada, y para el pan. El negro es el color de las materias de origen animal, como el pelo y los ojos. El verde representa las fibras y otras materias vegetales, mientras que el azul oscuro es el color de la tierra y los objetos de alfarería y el azul claro el del cielo y el agua. El color es, por tanto, de gran ayuda cuando tratamos de identificar los objetos representados; pero lo es más aún cuando un color inesperado sugiere que el artista quiere transmitir un mensaje particular, por ejemplo aplicando el negro al cuerpo de personajes de origen no africano. -Como sucedió con la reina Tiyi. ¿Recuerdas como tú te negaste a ser pintada de este color?- preguntó el hombre, divertido, a Nefertiti, que hizo un gracioso mohín y se echó a reír, pensando en cómo sería su cara pintada de negro. - ¿Comprendes por qué el arte egipcio ES, debe ser, inmutable. Y los cambios no gustan en nuestro país? ¿La importancia de lo que hemos hecho nosotros, mi reina, por mandado y con el sagrado permiso de tu marido, modificando los parámetros inmutables del arte y las medidas inalterables que no se deben cambiar sin mutar el orden eterno, la música de los planetas y las estrellas?. Hemos cambiado lo incambiable, Nefertiti- concluyó el joven, mientras observaba el efecto de sus palabras en el rostro de la reina, que de pronto, se había puesto algo más pálida y había bajado los ojos, algo que no solía hacer nunca en público, dada su alta condición, superior a la que cualquiera de los seres vivientes que se encontrase a su alrededor. - Estamos, pues, malditos por nuestras faltas, amigos míos- concluyó Tutmés, dirigiéndose a quienes le escuchaban.
Una leve ola de frío recorrió, imperceptiblemente el estudio que los cobijaba, como si el espíritu de la muerte hubiera agitado de repente sus negras y pesadas alas sobre ellos. El silencio se hizo más denso y opresivo y caía a plomo, materializado en fantasmas blanquecinos que les rodeaban conforme pasaban aquellos momentos. El aire olía a barnices y pintura y se mezclaban los aromas con el acre componente del sudor de los aprendices y un frescor húmedo, mohoso y salado con sabor a esfuerzo y resentimiento, que se intuían en el ambiente. - ¿Os dais cuenta de por qué podemos y debemos morir o ser exterminados, amigos míos y el peligro que corremos por nuestra libertad de expresión artística? ¿Comprendéis cuál es la razón por la que se deben destruir nuestras obras y nuestras manos que las crean, asolar las casas donde vivimos y amamos, arrasar nuestras moradas de eternidad, extinguir los fuegos que nos alumbran y alimentan, suprimir y aniquilar a nuestros discípulos y partidarios, eliminar nuestros sueños más íntimos, erradicando nuestra semillas? -dijo en su desesperación controlada el escultor, como temiendo que sus palabras fuesen proféticas - ¡Somos un peligro para Maat, amigos míos!-. Hemos quebrantado el orden cósmico, hemos amenazado la estabilidad de nuestra sagrada tierra negra, mentando los riesgos y la inseguridad del país y sus habitantes. Y en opinión de muchos, no hemos debido ni existir.-